viernes, 6 de abril de 2012

Las relaciones históricas entre México y Japón

España, después de conquistar las Filipinas realizaba todo tipo de intercambio con Oriente a través de la Nueva España, actualmente México. En 1561 Fray Andrés de Urdaneta recibió ordenes de que, siguiendo la ruta de Acapulco a las Filipinas, buscara unas islas que debieran estar entre el continente americano y Asia, en especial aquellas islas japonesas ricas en oro y plata.
Sin embargo, fue hasta enero de 1564 cuando Fray Andrés de Urdaneta zarpó del puerto Barra de Navidad con la flota de expedición dirigida por Miguel López de Lagaspi, y con la orden de la Audiencia de México, de que en caso de encontrar dichas islas, deberían tratar amistosamente sus habitantes, quienes ya tenían fama de ser excelentes trabajadores.
En el año de 1567, Legaspi envió al Rey de España, Felipe IX el informe que existían grandes islas en Filipinas, como Luzón y Midoro, mismas que fueron colonizadas por su expedición, donde chinos y japoneses llegaban para fomentar su comercio. En 1575, Juan Pacheco Maldonado informó a Felipe II sobre el comercio que realizaba Japón en Filipinas. Este era muy extenso, con variados artículos de intercambio, ya que los barcos japoneses que llegaban a Manila llevaban trigo, carne salada, cuchillería, biombos, jaulas, vasijas con dibujos de oro sobre laca, abanicos de papel, etc. Al regresar, su carga consistía en oro, piel de venado, vasijas de barro, ahuizcle, seda cruda, vino, espejos y otras mercancías europeas que habían sido enviadas desde México.
En 1609, Don Rodrigo de Vivero, Gobernador de las Filipinas en su viaje de regreso a México, naufragó frente a las costas del Japón. Los japoneses auxiliaron a 370 náufragos y les brindaron su hospitalidad durante el tiempo que hubieron de permanecer en Japón. Asimismo Vivero fue recibido por el segundo Shogun Tokugawa en el Estado actual de Tokio, y posteriormente, se entrevistó con Ieyasu (fundador del Shogunato Tokugawa) en Sumpu, actual prefectura de Shizuoka. En la segunda entrevista que Vivero tuvo con las autoridades del gobierno japonés, se hicieron negociaciones sobre intercambio comercial, navegación, cooperación técnica y sobre divulgación de la fe Cristiana. Vivero solicitó que en la costa oriental de Japón se construyera una factoría con instalaciones de almacenes y astilleros para los barcos españoles. También requirió que se construyeran templos para ser atendidos por los misioneros españoles, y que a todas las delegaciones enviadas el Rey de España les fuera dispensado un trato honroso, así como se prestara toda la ayuda necesaria a los españoles en caso de naufragio. Además demandó que se expulsaran a los holandeses de la isla con quienes Japón mantenía tratos comerciales.
Ieyasu pidió a Vivero la apertura del comercio con España, y el envío de mineros especialistas en plata, pilotos y marineros de la Nueva España, ya que en esa época Japón carecía de la tecnología occidental y prácticamente se encontraba en desventaja en cuando al desarrollo de dichas técnicas.
Después de permanecer por un tiempo visitando las islas japoneses, Vivero partió con su misión y con algunos japoneses del puerto de Uraga hacia Acapulco, en el Barco de San Buenaventura de 120 toneladas.
Luis de Velazco II, Virrey de la Nueva España dio una buena acogida a los jóvenes que llegaron con Rodrigo de Vivero en México, y convocó a su consejo, en donde se discutió el envío de la expedición para descubrir las fabulosas islas abundantes en oro y plata, que suponían existir en Japón. En esta junta se decidió enviar una misión bajo el mando de Sebastián Vizcaino, en viaje directo al Japón, para sgrandecer a Ieyasu e Hidetada la hospitalidad brindada a Vivero y devolver los cuatro mil ducados que Vivero debía al Japón, además del costo del Barco de Buenaventura.
Vizcaíno salió de Acapulco el 22 de marzo de 1611y llegó a Uraga el 10 de junio del mismo año, llevando consigo la respuesta del virrey a la carta de Ieyasu, los retratos del Rey de España, de la Reina y del Príncipe, también regalos, entre otros un reloj hecho en Madrid en 1581, el primero que se vio en Japón y que actualmente forma parte del tesoro del templo Toshogu del monte Kuno. Después de su visita a Edo y Sumpu, Vizcaíno organizó una expedición para emprender la infructuosa búsqueda de las "islas ricas de oro y plata". Además la situación política japonesa había cambiado notablemente, comparada cuando estuvo Vivero, de modo que Vizcaíno no pudo concretar nada en sus negociaciones.
De acuerdo con el consejo de los jesuitas que ya se encontraban instalados en Japón para el ejercicio de su misión, tres daimyos de Kyushu, organizaron la primera embajada japonesa a Europa, la cual se dirigió a través de la ruta Macao, Molucas, India y Cabo de Buena Esperanza, exclusivamente a Portugal y a Roma. Por otra parte, el fraile franciscano Luis Sotelo propuso a Masumune Date, daimyo de noreste de Japón , una nueva embajada en la Nueva España y Europa. Masamune aceptó su propuesta y mandó una delegación del Virrey en Nueva España, al Rey de España y al Sumo Pontífice, con la idea de que fueran enviados frailes de la Orden de San Francisco para la conversión de sus vasallos al cristianismo, y también la posibilidad de adquirir los conocimientos de la tecnología de las minas mexicanas de plata. Este grupo estaba constituido por tres frailes franciscanos, entre ellos Sotelo, y ciento ochenta japoneses encabezados por Rokuemon Tsunenaga Hasekura.
La misión de Hasekura zarpó el 28 de octubre de 1613 del puerto de Tsukino-Ura en el barco de Mutsu-maru, llamado por los españoles San Juan Bautista, y arribó a Acapulco el 25 de enero de 1614. De ahí se trasladaron a la capital mexicana en donde el Virrey Diego Fernández de Córdoba recibió afectuosamente al grupo encabezado por Hasekura. En esta ocasión le entregó la Carta de Masumune Data con sus proposiciones, entre varias de las cuales requería, misioneros cristianos de la orden franciscana para la evangelización de sus vasallos, pilotos y marinos, libre comercio recíproco de artículos japoneses entre México y Japón, y prometía que expulsaría a los ingleses y holandeses enemigos del Rey de España que llegaran a sus dominios.
La respuesta del Virrey a la propuesta de Masumune Date, fue con cierta reserva, ya que debería esperar la resolución de Madrid a este asunto. La recepción que por su parte ofreció a la delegación japonesa, fue en una casa cercana a la Iglesia de San Francisco de la Ciudad de México, donde les brindó alojamiento. Precisamente en esta iglesia, fueron bautizados 78 integrantes del grupo y confirmados por el Arzobispo, a excepción de Hasekura, quien sería bautizado posteriormente en Madrid. Dos meses más tarde, Hasekura, Sotelo y sus 20 acompañantes japoneses partieron para Europa, y en su viaje a Veracruz pasaron por las Ciudades de Puebla y Jalapa donde fueron recibidos por grandes fiestas y agasajos. Su salida de Veracruz, junto con junto con Sotelo y parte de su misión, fue el 10 de junio de 1614, pasando por la Habana, para llegar a Sevilla el 5 de octubre de ese mismo año.
Dos años después de su salida hacia Europa, Hasekura volvió a México en febrero de 1617 para seguir su viaje de regreso al Japón. Al llegar a Acapulco, fue recibido con entusiasmo por la mayoría de la misión que había quedado en la Nueva España, y encontró que algunos de ellos se habían establecido formando familia en México. Hasekura llamó la atención por la forma de verle vestido a la usanza cortesana de los nobles españoles. La embajada de Hasekura, acompañado por Sotelo, finalmente zarpó en abril de 1618 con destino a Manila. Cuando llegó al Japón encontró que la religión cristiana había sido rigurosamente prohibida y tuvieron que renunciar a la religión católica y al bautismo que habían recibido en su visita a la corte española.
Los primeros intentos por establecer relaciones comerciales y amistosas entre Japón y México terminaron en fracaso. México no estaba entonces en posibilidades de contestar inmediatamente y positivamente a la solicitud japonesa por estar sujeto a las disposiciones del rey español y por la envidias de los residentes en Manila y Madrid. Por otra parte, impidió el desarrollo de las incipientes relaciones comerciales con la Nueva España, la lucha de holandeses e ingleses por monopolizar el comercio con Japón, que ya conocían también la rivalidad que existía entre españoles y portugueses en lo comercial y lo religioso.
En 1639 Japón optó por la política de aislamiento nacional, con lo cual prohibió el comercio con el extranjero, exceptuando el de los holandeses y de los chinos de Dejima en Nagasaki. Los japoneses no podrían salir del territorio y quienes se encontraban en el extranjero no podían regresar. Japón se sumió prácticamente en un ostracismo completo. La única lengua europea que se mantuvo vigente fue la holandesa. En la historia de la medicina se dice que hubo una época en que la curiosidad científica llevó a los médicos del Japón a aprender este idioma, para poder comprender los textos holandeses desde diserción que habían llegada sus manos y que diferían enormemente de los textos chinos que hasta entonces eran conocidos por ellos, hecho que en cierta forma marcó los inicios del encuentro con la civilización y cultura occidental.
En el año de 1709, fue publicado en Japón un libro titulado Kai-tsusho-ko de Zyoken Nishikawa sobre geografía mundial. En el capítulo correspondiente a México se mencionaba un ave, quizá el pavo o el guajolote; se decía también que había cien mil casas particulares y que la tierra era muy fértil. Aunque México no tuvo contacto con Japón durante 99 años el franciscano Melchor Ollanguren, que por muchos años fue agente de comunicaciones de Filipinas, publicó en México una gramática para el aprendizaje de la lengua japonesa.
En 1841, el barco Eiju Maru fue sorprendido por una tempestad en su viaje a Oshu, región del noreste del Japón. Durante 120 días flotó a la deriva hasta el sureste, hasta que un barco español lo rescató y lo llevó a la península de Baja California de Baja California. Hatsutaro y otros doce japoneses desembarcaron en el Cabo de San Lucas, en donde permanecieron hasta ser llevados a San José California, lugar donde vivieron casi 7 meses. Los japoneses fueron alojados en casas particulares y recibieron una cordial atención. La familia que se encargo de atender a Hatsutaro, lo trató con particular afecto, enseñándole a leer y a escribir español. Estos hechos. a pesar de las barreras que existían y que limitaban las relaciones demostraron, sin duda, el deseo que tenían ambos pueblos de conocerse mutuamente.
Con motivo de la aproximación del planeta Venus a la tierra, cuya máxima cercanía ocurriría el día 9 de diciembre de 1874, científicos de Inglaterra, Estados Unidos, Francia se citaron en la ciudad de Nagasaki, Japón para observar el fenómeno. Asimismo, el Subsecretario de Comunicaciones de México, el Sr. Díaz Covarrubias viajó a Japón a principios de noviembre con tal propósito, pero en virtud de haber llegado con atraso para dirigirse a Nagasaki, tuvo que establecer su observatorio en Yokohama.

Japón no admitía en aquel tiempo que los extranjeros vivieran fuera del territorio de concesión. Sin embargo, el Gobierno japonés no sólo autorizó al grupo de observadores mexicanos, con todas las facilidades posibles, sino a demás envió dos oficiales, un estudiante de marina y un funcionario del Ministerio de Educación, como asistentes a la observación del astro. El observatorio de México se encontraba muy cerca de Tokio, por lo cual los observadores mexicanos pudieron fácilmente fomentar amistad con funcionarios japoneses y su pueblo. A la sazón, en México se discutía el plan de introducir algunos inmigrantes y Covarrubias en su informe insistió en que debieran ser japoneses, ya que el había podido apreciar que era gente laboriosa, inteligente y cortés.
En el año de 1853, el Comandante Matthew C. Perry de los Estados Unidos, entró por primera vez en la bahía de Tokio con una escuadra de cuatro barcos con el propósito de convencer a los japoneses que cesaran su política de aislamiento. Posteriormente regreso al año siguiente y concretó con Japón un trato de amistad. A continuación, en el mismo año se firmaron tratados similares con Rusia, Gran Bretaña y los países Bajos, de esta forma Japón se abrió nuevamente al intercambio internacional. Estos tratados se cambiaron cuatro años más tarde por tratados comerciales con las grandes potencias occidentales. Sin embargo, en el tratado comercial con los Estados Unidos, Japón les concedió la extraterritorialidad para sus nacionales y condiciones un tanto inequitativas en lo referente a las tarifas arancelarias. Es así, de acuerdo con la cláusula de la nación más favorecida, Japón se vio obligado en tener que acordar las mismas concesiones en los tratados con otros países, con la cual sufrió un rigurosa restricción jurisdiccional y aduanal, en detrimento de sus propios derechos.
Desde el inicio de la época Meiji, Japón se sintió perjudicado a causa de esos tratados desiguales. En cambio, México al negociar un Tratado con Japón en 1889, estuvo de acuerdo a renunciar al derecho de extraterritorialidad y concedió el derecho de fijar tarifas aduanales firmando un Tratado de igualdad con el Japón.
Hasta entonces, el Japón como única forma de resistencia contra la desigualdad, no permitía que los extranjeros vivieran en el interior del país, pero por el Tratado en términos de igualdad, suscrito con México , se permitió que los ciudadanos mexicanos pudieran establecerse, residir y viajar en todo el territorio japonés, y que se dedicaran al comercio, obedeciendo las leyes del país.
Para Japón, éste fue el primer Tratado de Igualdad concluido con países extranjeros, y gracias a él pudo negociar y establecer términos de igualdad en los tratados con otros países. Actualmente, las relaciones entre estas naciones, abarca facetas tanto en el ámbito político, como económico y social.

sábado, 24 de marzo de 2012

La Mixteca Alta

La Mixteca Alta es una de las zonas más pobres del país, lo que ha generado altos índices de emigración hacia Puebla, Oaxaca, Ciudad de México e inclusive hacia los Estados Unidos.

La Mixteca Alta, también conocida como tierra de lluvias o país de las nubes1, es la más extensa y con mayor población indígena y abarca 38 municipios. Se sitúa al sur y al este de la propia Mixteca. Por razones geográficas e históricas, algunas personas subdividen a la Mixteca Alta en un área norte y otra sur, quedando en la primera, entre otras, Achiutla, Yucunama, Teposcolula y Tilantongo y, en la segunda Tamazula, Teozacoalco y Tlaxiaco.

La Mixteca Alta, zona sumamente accidentada, está formada por la conjunción de la Sierra Madre del Sur y la Sierra Oriental o de Oaxaca a la que se denomina usualmente "Nudo Mixteco". Entre las escarpadas montañas se localizan angostos valles y profundas cañadas, siendo los más importantes de los primeros los de Nochixtlán, Coixtlahuaca, Teposcolula, Juxtlahuaca y Tlaxiaco. Está cruzada por el río Verde, el Mixteco y por algunos otros pequeños ríos entre los que cabe destacar los de Nochixtlán, Yanhuitlán, Sinaxtla, Etlatongo y Yocodono2.

El clima es cambiante y extremoso. La temperatura va desde varios grados bajo cero, en invierno, en ciertos lugares, hasta los 37° C en verano. La precipitación pluvial varía mucho de una pequeña área a otra. La temporada de lluvias, que teóricamente es de abril a octubre, puede adelantarse o retardarse en su inicio o en su fin, y las lluvias pueden ser demasiado abundantes o escasas, lo que hace de la agricultura una actividad bastante riesgosa3.

Los suelos de la Mixteca Alta se encuentran, en buena parte, en un avanzado proceso de erosión, uno de los más dramáticos del país, sólo comparable a algunas áreas de Tlaxcala, existiendo el peligro, según algunos investigadores, de que la zona se convierta en pocas décadas en un verdadero desierto.

En las partes más altas se encuentran pequeños bosques de pinos, impropios para la explotación forestal, pero que proporcionan material de construcción para las casas y la leña que se requiere para la preparación de alimentos. La fauna es escasa y consiste, sobre todo, en pequeños mamíferos, aves y reptiles
4.

1 Alfonzo Pérez Ortiz, Tierras de brumas, conflictos en la Mixteca Alta, 1523-1550, 1era edición, México, 2003, Plaza y Valdés editores, 178 p., p. 15

2 Barbro Dahlgren de Jordan, La Mixteca. Su cultura e historia prehispánica, 2da edición, México, 1966, UNAM, 350 p., p. 13

3 Ibíd. p.15

4 Ibíd. p. 14

sábado, 17 de marzo de 2012

La Historia de México (1900-1930)

Para algunos, la Revolución Mexicana representa la primera revolución social del Siglo XX, para otros, la última rebelión política-social decimonónica. Sin embargo, cualquiera que haya sido la situación, es un hecho que la Revolución Mexicana fue un parteaguas en la Historia mexicana y que marcó el rumbo que tomaría el futuro de México.

De los antecedentes importantes que se pueden citar acerca de la Revolución, están la huelgas ocurridas en Cananea y en Río Blanco. Estas huelgas mostraban el descontento social hacia un régimen que en esos momentos se encontraba desgastado, pero no debilitado. Sin embargo, la entrevista de Creelman con Díaz fue la que alborotó a la sociedad para que ésta anhelará un cambio político. Esta entrevista dio a pie a que otros hombres aspiraran a la presidencia, ya que Dían mencionó que México estaba listo para para una transición del poder.

Con esto se estableció un clima de debate y Francisco I. Madero en 1908 publica su libro “la sucesión presidencial de 1910” e hizo una gira para dar a conocer sus ideales, además de crear el Partido Antirreleccionista. A pesar de la fama que Madero iba gestando, Díaz lo manda a apresar, y en junio de 1910 desde la cárcel contempla el proceso electoral. El 4 de octubre Díaz es declarado presidente y al día siguiente Madero sale libre bajo fianza, dirigiéndose hacia el extranjero, donde formula el Plan de San Luis en el que convocaba a tomar las armas el 20 de noviembre.

El 18 de noviembre de 1910 se descubre la conjetura revolucionaría y en una escaramuza matan a Aquiles Serdán, lo que ocasiona un descontento pero a la ves miedo de luchar contra Díaz. Madero ayudado Abraham González en Chihuahua, logra la adición de Pascual Orozco y Francisco Villa. Emiliano Zapata se levanta en el sur y en la propia capital hay motines contra Díaz. Por toda la presión revolucionaria, Díaz renuncia a la presidencia y abandona el país, Madero triunfa después de seis meses de lucha.

Con los Tratados de Ciudad Juárez, Madero negocia el poder y es presidente electo en 1911. Sin embargo por considerar sus reformas incompletas, antes de los veinte días de poder, zapata se había sublevado con el Plan de Ayala, donde pedía tierras, como el reparto agrario y otras peticiones que se habían prometido. En el norte, se gestaba la rebelión de Pascual Orozco ya que, al igual que Zapata, consideraba lentas con las reformas. También se levantaron en armas, Bernardo Reyes y Félix Díaz, dos de los beneficiarios del antiguo régimen porfirista. Madero puso al mando del ejército a Victoriano Huerta, quien venció a las cuatros rebeliones.

Con el Pacto de la Ciudadela, Huerta traiciona con un golpe de Estado a Madero y lo mata en febrero de 1913. Hubo muchas rebeliones en contra de Huerta, cuatro principales; una en Coahuila con Carranza, con su ejercito constitucionalista y con el Plan de Guadalupe; en Sonora Álvaro Obregón, Plutarco Elías Calles, Adolfo de la Huerta, etc, con gente de la clase media q quería conservar sus puestos obtenidos con el maderismo; En chihuahua con Francisco Villa que era un rebelde de la clase baja, aporto al constitucionalismo un gran contingente de origen popular. Y por ultimo en Morelos los zapatistas, quienes pelearon contra huerta pero no reconocieron a Carranza, por ellos fue una revolución birregional, y las demandas de 1909 y 1910 se enriquecieron de reclamos sociales y reparto de tierras.

Con el Plan de Guadalupe Carranza encabeza un ejército estatal, pero fue ganando territorio a sus alrededores y se convirtió en jefe regional. Hacia marzo y abril de 1914 los ejércitos norteños iniciaron su avance al centro para echar a Huerta; Obregón por occidente, Villa por el centro y Pablo González por el oriente. En abril de 1914 se da el derrumbe de Huerta. Carranza convocaría a una convención donde una vez derrotado Huerta resolverían las reformas sociales y para elegir al próximo presidente. La lucha antihuertista hizo que la lucha se ampliara a la mitad del país.

Una ves derrotado Huerta, lo cual quedó plasmado en los Tratados de Teoloyucan de agosto de 1914, estos cuatro grupos pelearían por quien quedaría en el gobierno. Intentaron resolverlo de manera pacifica, estos intentos conciliadores coexistieron durante la segunda mitad de 1914, donde la convención reuniría a carranzistas y villistas con el Pacto de Torreón. En la segunda reunión en Aguascalientes hubo menos carranzista y más villistas y zapatistas, quienes pidieron que se reconociera la legitimidad del Plan de Ayala. Aquí se desconoció a Carranza, quien se fue hacia Veracruz, los villistas y los zapatistas se unen y los obregonistas se mantienen subalternos de Carranza. A lo largo de 1915 se da la llamada guerra de facciones. En un principio iban triunfando los convencionalistas (zapata y villa), pero su organización era muy mala y su ejercito era tan distinto al grado de que no hubo colaboración entre ellos, mientras que los constitucionalistas estaban bien unificados y con mejor estructura. A finales de 1915 el triunfo era de Carranza, y en todo 1916 consolidó su victoria y afinó su proyecto nacional.

Para transitar del proceso revolucionario a la creación del estado posrevolucionario los vencedores debían de definir su proyecto de país y lo hicieron mediante la constitución de 1917, la nueva ley suprema debía ser elaborada por diputados elegidos de todo el país. La puesta en vigor de la nueva constitución y el inicio de la presidencia constitucional de Carranza, en mayo de 1917, dieron partida formal al México posrevolucionario.

En 1920 para las elecciones presidenciales que se disputaban Álvaro Obregón e Ignacio Bonillas, Carranza quiso tomar partido por Bonillas, pero esto desato la revuelta de Agua Prieta, poco después Carranza sería asesinado. Ya como presidente Obregón inició la reconstrucción del país primero pacifico la revuelta de Agua Prieta. Se complacieron los reclamos agrarios de varios grupos revolucionarios y se apoyo el desarrollo de la pequeña y mediana propiedad. El nacionalismo imperante en esos años fue el cultural.

Al termino de su mandato decidió ayudar a Plutarco Elías Calles, quien comperitia con Adolfo de la Huerta. A finales de 1923 fue asesinado Villa. A finales de 1924 fue presidente Plutarco Elías Calles. Hasta 1928, su principal objetivo fue darles orden y racionalidad al proceso de transformación posrevolucionaria, entre otras cosas. El gobierno de Calles tuvo conflictos con la iglesia; la guerra cristera duró casi 3 años, de fines de 1926 a mediados de 1929. En las elecciones de 1928 es reelegido Álvaro Obregón, sin embargo, fue asesinado antes de que pudiera tomar la presidencia.


jueves, 9 de febrero de 2012

La conmemoración a los muertos en México y otras partes del mundo

El venerar a los difuntos es una tradición que surgió prácticamente a la par con el hombre. Se podría decir que casi todas las culturas del mundo dieron sus respetos a sus muertos con una gran variedad de forma y ritos. Desde las culturas prehistóricas, pasando por Grecia y Roma, e incluso las culturas orientales, se han preocupado por el destino de sus difuntos, procurando, con rituales y ceremonias, su bienestar.

En México ocurre una situación muy singular, ya que "El día de muertos" mezcla las tradiciones prehispánicas con las judeocristianas de occidente. No sólo eso, en México conviven muchas culturas indígenas, por lo que la celebración del día de los muertos se diferencian entre si, según la región. Aunque comparten rasgos en común, la celebración en Mechoacán, por ejemplo, se diferencia mucho a la como se hace en Yucatán. Sin embargo, lo común es que se pongan ofrendas en las casas, donde los familiares del difunto ponen su comida predilecta para que así él pueda disfrutarlos. El punto angular de esta tradición es la creencia de que el espíritu de los difuntos regresa del mundo de los muertos a éste, para convivir con sus familiares durante un día, departiendo con ellos, consolándolos y confortándolos ante su pérdida. Esta festividad, en contraste con otras que se celebran en diferentes partes del mundo, se podría decir que es colorida y alegre.

Esta ceremonia es mucho más solemne en otras partes del mundo en comparación con la que se festeja en México. Por ejemplo, en Japón se celebra el Obon, un festejo budista dedicado para honrar a los muertos. Este evento se lleva a cabo el 15 e agosto (generalmente)o el 15 de julio, según la región. Aquí las personas ponen una ofrenda enfrente de un altar budista, donde colocan comida, vegetales y fruta. Estas ofrendas se decoran con linternas de papel y flores. También se acostumbra tocar tambores y bailar danzas tradicionales para agradar y agradecer a los espíritus. Además se colocan farolillos flotantes en el mar, ríos y lagunas para guiar a las ánimas al mundo espiritual.

Por otro lado en China se festeja el Qingming Jie o "Día de barrer las tumbas" celebrado el 5 de abril, donde los chinos rinden homenaje a sus difuntos. En estas fiestas, los cementerios se llenan de gente que viene a barrer y ofrecer ofrendas. Tras barrer ligeramente las tumbas, la gente ofrece comidas y flores a los muertos, quema incienso y papel moneda y se inclinan ante las lápidas conmemorativas.

La muerte es un símbolo emblemático que ha causado admiración, temor e incertidumbre al ser humano a través de la historia. Por muchos años, en diversas culturas se han generado creencias en torno a la muerte que han logrado desarrollar toda una serie de ritos y tradiciones ya sea para venerarla, honrarla, espantarla e incluso para burlarse de ella. México es un país rico en cultura y tradiciones; uno de los principales aspectos que conforman su identidad como nación es la concepción que se tiene sobre la muerte y todas las tradiciones y creencias que giran en torno a ella.

jueves, 26 de enero de 2012

La Historia de México (1821-1900)

El Siglo XX fue una etapa que marcó el camino que seguiría México en su Historia muy profundamente. El origen de México fue muy tormentoso, donde tuvo que pasar una cruenta guerra independentista para poder salir a flote. Sin embargo, con el nacimiento de la nueva nación no todo fue miel con hojuelas. Los primeros años del México independiente fueron muy turbios, era una nación que no tenia un plan político definido a seguir, unos pedían república, otros monarquía.

El país se encontraba muy debilitado en todos los sentidos después de una devastadora guerra de independencia contra España, con lo que se encontraba a merced de las grandes potencias de ese entonces. Sin embargo, a pesar de todas las dificultades, México pudo formar su primer gobierno, un efímero imperio encabezado por Agustín de Iturbide, que sólo duro unos once meses. Después de ese fallido sistema de gobierno, México dirigió su camino hacia una república federal, pero poco después dió un giro hacia una república centralista.

El centralismo mexicano provocó un gran malestar entre varios territorios del país, surgiendo varios movimientos separatistas. Uno de los más importante fue el de Texas, que después de varias batallas, logró su independencia de México. La inestabilidad social y política que vivió México desde ese entonces fue uno de los motivos por el cual los Estados Unidos iniciara una guerra contra el país, con el resultado de la pérdida de más de la mitad del territorio mexicano.

Con los ánimos caldeados, México entra en una guerra civil entre "liberales" y "conservadores", los bandos en que se encontraba dividida la sociedad mexicana. Esta guerra llamado "La guerra de Reforma" duró unos tres años, causando grandes bajas en ambos bandos. El conflicto armado termina con la entrada triunfal de Benito Juárez a la Ciudad de México, dando la victoria a los liberales.}

Con el triunfo de los liberales México vuelve a ser una república federal, sin embargo la situación en la que se encontraba el país fue motivo para que las grandes potencias europeas intentaran dominar el territorio mexicano. El país que se animó a intervenir militarmente fue Francia, que después de varias batallas y después de varias derrotas y victorias, los franceses se pudieron de hacerse con la victoria. Con el apoyo de los conservadores, se intentó instaurar un segundo imperio, con lo que se trajo a un noble austriaco, Maximiliano de Habsburgo. Sin embargo, los conservadores con contaron que el nuevo emperador tenia ideales liberales, todo lo contrario de lo que esperaban los conservadores. La situación en que se encontraba Europa en ese entonces obligó a Francia a retirar a gran parte de su ejército de México, por lo que la ofensiva liberal mexicana no tuvo problema para derrotar a Maximiliano y a los conservadores e instaurar de nuevo una república federal. El segundo imperio mexicano termina con el fusilamiento de Maximiliano y de sus ayudantes conservadores.

No fue hasta que con Porfirio Díaz México logra tener una estabilidad política y social gracias a su "paz porfiriana". Aunque este régimen que pudo calmar las aguas turbias en las que se encontraba México, se fue desgastando con el paso de más de treinta años en el poder, generando otros problemas que sufriría la sociedad mexicana.

domingo, 25 de diciembre de 2011

La guerra y el armamento mesoamericano

La evidencia sobre la existencia de un clima guerrero a lo largo y ancho de Mesoamérica en los distintos momentos de su historia es amplia y variada: abarca desde los códices pictográficos que muestran de las propias manos indígenas los acontecimientos importantes que ocurrieron en la época prehispánica, a las descripciones de los conquistadores españoles, que informan con detalle de las prácticas militares y aun del concepto que de la guerra tenían los pueblos del Posclásico. Para el resto de las épocas y culturas la información es principalmente arqueológica.

La existencia de ciudades en lugares de difícil acceso, de elementos claramente destinados a la defensa –como murallas y fosos–, de restos de instrumentos posiblemente utilizados como armas, sumados a un rico conjunto de representaciones de temas bélicos (batallas, guerreros, celebraciones, etc.), son clara muestra de la importancia que lo militar tuvo para las sociedades mesoamericanas. Es por esto que los códices mesoamericanos, tanto prehispánicos, como coloniales fueron creados, o en una época donde el militarismo predominaba en las grandes sociedades, o en una época posterior a ésta, pero donde este sentido bélico aún estaba fresco.

Las armas y las fortificaciones ofrecen un panorama más amplio de la guerra mesoamericana; los ejemplos abundan y reflejan la participación masiva, lo cual nos permite ver su desarrollo a través del tiempo. Dicho desarrollo refleja tipos y capacidades militares y, además, circunstancias políticas más generales. Indicio claro de guerra más compleja es la aparición de armas cuyo único propósito es destruir al enemigo.

Así se puede clasificar a las armas prehispánicas en tres categorías principales: las cortantes y contundentes, las arrojadizas y las defensivas. Las cortantes y contundentes son las más abundantes en Mesoamérica, donde se puede encontrar las lanzas, mazas, hachas, cuchillos y los macuahuiltin (plural de macuahuitl).Las partes punzantes, cortantes o corto-contundentes de la mayoría de las armas eran de material pétreo; de obsidiana, silex y otras piedras se elaboraban puntas de flechas, fisga, lanzas, hojas de cuchillo, navaja para los macahuiltin y las hachas. Las armas arrojadizas abarcan básicamente a las flechas, sin embargo los instrumentos para lanzarlas incluyen al arco y al atlatl (lanzadardos), además de que existía una gran variedad de flechas.Por último, las defensivas se encuentran los cascos, armaduras y escudos, que eran fabricadas de algodón y plumas. Estas armas defensivas, a pesar de ser muy livianas, eran muy eficaces para las armas y el terreno mesoamericano, donde incluso, las huestes de Hernán Cortés las utilizaron, en vez de sus pesadas armaduras de acero.

Los pueblos mesoamericanos llegaron a tener conocimientos específicos en el uso de herramientas destinadas a la destrucción y dominación de grupos sociales. Bien adaptando instrumentos usados originalmente para cazar y pescar, bien interpretando las condiciones favorables para la defensa o bien, ideando el empleo óptimo de sus recursos tecnológicos en términos herramentales y sociales, estos pueblos llegaron a dominar lo que se conoce como el arte de la guerra.

sábado, 9 de julio de 2011

México Nación Multicultural

Cuando escuchamos la palabra indio o indígena inmediatamente nos vienen a la mente imágenes e ideas que suelen reflejar más nuestros prejuicios e ignorancia que las realidades y las culturas de esos grupos. En primer lugar, concebimos a los indígenas como una “minoría” que se distingue con claridad de los mestizos, quienes supuestamente constituyen la “mayoría” de los mexicanos1. Esta concepción coloca a los indígenas en una posición subordinada, pues los define no en función de sí mismos, sino de sus diferencias con los demás mexicanos: son ellos los que hablan idiomas distintos a la “lengua nacional”, el castellano; son ellos los que tienen costumbres diferentes, los que se visten de otra manera, los que no se han “integrado” plenamente a la nación y a la mayoría mestiza. Por eso se suele concluir que la existencia de esta “minoría” indígena constituye un “problema” para México, el cual debe ser resuelto integrando a los indígenas a la nación, es decir, haciendo que su cultura, su lengua y sus formas de vida se conformen a la norma definida por los mestizos2.

Esta concepción es simplista en dos frentes. Por un lado, al concebir a los indígenas como una minoría, los unifica entre sí a partir de sus diferencias con los mestizos, pero se olvida que en este país existen más de 62 grupos etnolingüísticos distintos y que hay grandes diferencias entre ellos, pues tienen sus lenguas propias, sus tradiciones particulares y conservan características de sus formas de vida ancestrales. Por otro lado, ignora que la “mayoría” mestiza también está compuesta por grupos muy diferentes entre sí, marcados por profundas distancias sociales, culturales y regionales. Resulta más exacto afirmar que en México no existe una mayoría mestiza y una minoría indígena, sino muchos grupos con culturas y formas de vida diferentes, algunos indígenas y otros no3.

Una visión menos negativa concibe a los indígenas de hoy como herederos y custodios legítimos de las gloriosas tradiciones prehispánicas y los admi­ra por tal razón. Desde este punto de vista, es encomiable que los indígenas conserven las costumbres, las formas de vida y las lenguas que han mantenido, supuestamente, desde tiempos prehispánicos, y es lamentable que las “pier­dan”, al usar el español, emplear la tec­nología moderna o vestirse como los no indígenas.

Pese a que reconoce los méritos y los valores de las culturas indígenas, esta visión resulta problemática, pues identi­fica a los pueblos de hoy con un pasa­do distante casi cinco siglos y concibe cualquier transformación en sus cultu­ras y sus realidades como algo negativo porque implica una pérdida de sus au­ténticas raíces prehispánicas.

Incluso desde esta perspectiva su­puestamente más favorable, se termi­na por concebir a los pueblos indígenas como grupos pasivos, aferrados a su pa­sado y amenazados por fuerzas externas que les son completamente ajenas, las cuales amagan con destruir lo que tie­nen de más valioso y de más auténtico4. Desde este punto de vista, los indígenas también requieren la asistencia de los no indígenas, en este caso para conser­var y defender sus tradiciones. De esta manera los pueblos indígenas son redu­cidos a pintorescas reliquias del pasado perdido y se les niega el derecho a cam­biar y progresar.

Independientemente de la manera en que el resto de la sociedad mexicana los concibe, y más allá de la forma en que leyes y políticas del gobierno definen quiénes son, el hecho es que un amplio sector de mexicanos se identifica a sí mismo como indígena, es decir, como perteneciente a una comunidad o a un pueblo indígena. Esta identificación es individual, pero a la vez colectiva. En México existen individuos indígenas porque hay pueblos indígenas.

Cada miembro de una comunidad comparte con sus vecinos una serie de elementos culturales, como la lengua, el territorio, los cultos religiosos, las formas de vestir, las creencias, la historia, todo lo cual le permite decir que es parecido a ellos y que comparten una identidad común que lo distingue de otros seres humanos, sean los vecinos de la comunidad más próxima, los habitantes no indígenas de su región o de la ciudad, o los extranjeros.

Este sentido de identidad cultural compartida se refuerza en las fiestas del santo patrono del pueblo, en las ceremonias públicas, en las luchas políticas, en la defensa de la propiedad de las tierras de la comunidad y en las relaciones y conflictos que establece la comunidad con los grupos vecinos y con el propio gobierno. Así se conforma lo que los antropólogos llaman identidad étnica; es decir, la idea que tienen los miembros de una comunidad de formar una colectividad claramente distinta a las otras con las que conviven y que, por lo tanto, cuenta con sus propias formas de vida, sus propias leyes y formas de justicia, sus propias autoridades políticas y su propio territorio5.

Hay que recalcar que si bien las comunidades y pueblos indígenas tienen identidades étnicas y culturales definidas, esto no quiere decir que posean una identidad “indígena”. En efecto, los habitantes de una comunidad tzotzil de Chiapas, de una tepehua de Veracruz o de una yaqui de Sonora se reconocen, en primer lugar, como miembros de ese pueblo o comunidad y así definen su identidad6. Incluso muchas veces no reconocen compartir una identidad étnica con los miembros de la comunidad vecina, aunque hablen la misma lengua. Esto quiere decir que las identidades étnicas indígenas son esencialmente comunitarias y locales y que con frecuencia no construyen identidades más amplias, como sería el de un pueblo que habla la misma lengua, o la identidad en común de todos los “indígenas” frente a los llamados mestizos. Aunque lo están haciendo cada vez más. Por ello, al calificar a un grupo como indígena o al hablar de los indígenas de México en general, los observadores externos corren el riesgo de borrar las diferencias e identidades particulares que les resultan tan importantes.

Así, las últimas décadas han visto el surgimiento de un gran número de organizaciones indígenas que buscan participar en la vida política y económica de sus regiones y del país; y han visto también el florecimiento de la literatura y las artes indígenas, la aparición de importantes intelectuales indígenas por todo el país que escriben y hablan sobre sus pueblos7. Las voces de los indígenas mexicanos en el presente se escuchan en todo el país y más allá de sus fronteras.

Por ello, cualquier descripción que hagamos de las identidades y las realidades culturales y sociales de los pueblos indígenas tendrá que ser una película en movimiento y no una foto fija; será también un complejo mosaico hecho de muchas piezas y un coro formado por muchas voces.

La vida de los indígenas mexicanos gira alrededor de su comunidad, es decir, del pueblo o comarca donde nacieron ellos y sus antepasados y en el que suelen buscar esposo o esposa. La comunidad es el espacio donde celebran sus fiestas y veneran a su santo patrono. También es el lugar donde la mayoría de ellos cultiva la tierra y consigue su sustento, aunque cada vez más personas se dedican a otras actividades. Por ello, están dispuestos a defender sus tierras y el territorio que las rodea, pues es la base de su supervivencia como personas y de la comunidad misma. En la comunidad deciden sus asuntos y rigen su vida cotidiana.

Por todo esto, las comunidades son el centro de la identidad étnica de los indígenas de nuestro país que se definen, en primer lugar, como pertenecientes a su pueblo particular y, por lo tanto, como diferentes a sus vecinos, aunque éstos hablen su misma lengua y tengan una cultura muy parecida8.

Incluso en la actualidad, cuando una gran parte de los indígenas ha emigrado de manera temporal o permanente a lugares muy distantes de sus pueblos de origen, su comunidad original sigue siendo un punto de referencia muy importante en su vida: a ella procuran volver en ocasión de las grandes fiestas; muchos siguen buscando en ella a su cónyuge; los que pueden, envían dinero para ayudar a sus familiares y también para contribuir a las fiestas y a las obras colectivas del pueblo; igualmente, muchos participan desde lejos en los asuntos y el gobierno de su comunidad9.

En efecto, las comunidades indígenas han podido sobrevivir a 300 años de colonización española, y luego a casi 200 años de una relación difícil y a veces violenta con los gobiernos mexicanos, gracias al compromiso que sus miembros sienten con ellas a todos los niveles, físico, espiritual e ideológico. Cabe aclarar que la organización y las características de las comunidades varían mucho entre los diferentes pueblos indígenas, particularmente entre los pertenecientes al área de Mesoamérica y a la de Aridoamérica.

Otro elemento esencial de las culturas indígenas es su visión del mundo: la concepción de la forma que tiene el cosmos, de la naturaleza, de los dioses, de la condición de los seres humanos y de su papel en ese cosmos. Esta concepción es conocida por los antropólogos como “cosmovisión”, es decir, visión del cosmos o del mundo10. La cosmovisión de los pueblos indígenas influye en cada aspecto de su vida, pues tiene que ver con la forma en que se explican los fenómenos naturales y con la manera en que interactúan con la naturaleza, organizan su vida social y religiosa, se comportan en el mundo y se relacionan con los dioses y con otros seres que existen en el mundo.

Aunque cada pueblo indígena tiene una cosmovisión particular, relacionada con su lengua, su historia y su medio natural, las cosmovisiones indígenas comparten muchos elementos esenciales. Por ejemplo, casi todos los pueblos consideran que los seres de este mundo tienen elementos, o fuerzas, calientes y fríos. Los elementos calientes se asocian con el sol, el cielo, los varones, el orden, la luz, la vida; los fríos, con la luna, la tierra, las mujeres, el desorden, la oscuridad y la muerte. Aunque los elementos calientes son considerados superiores a los fríos, esto no significa que aquéllos sean buenos y éstos malos, pues ambos son igualmente necesarios para la vida. Si bien los varones tienen más elementos calientes, también necesitan elementos fríos para estar sanos; las mujeres requieren a su vez elementos calientes. Igualmente, existen enfermedades calientes que aumentan excesivamente el calor del cuerpo hasta causarle daño y enfermedades frías que lo enfrían demasiado11. Lo importante, según las cosmovisiones indígenas, es el equilibrio entre estas fuerzas para mantener la salud del cuerpo humano, para mantener la tranquilidad en la sociedad y también más allá, para que las plantas crezcan y la vida pueda continuar.

En general, la idea de equilibrio es fundamental para tales cosmovisiones, que conciben el cosmos como una realidad en constante movimiento y en perpetuo cambio. La labor de los seres humanos es mantener este movimiento en una relativa armonía que impida desajustes y catástrofes. Cuando hay un conflicto en el seno de la comunidad, la justicia indígena prefiere que se solucione por medio de la conciliación, pues su continuación, o la imposición de una parte sobre la otra, podrían poner en peligro no sólo el orden social sino todo el equilibrio cósmico12.

En las cosmovisiones indígenas son muy importantes los mitos, o historias sagradas, narraciones que relatan el origen del mundo y de los seres que lo habitan, como los dioses, los propios seres humanos, los animales, las plantas y los elementos importantes del paisaje y el territorio de las comunidades. Estas narraciones, que forman parte de las ricas tradiciones orales de los pueblos indígenas, generalmente son relatadas con gran solemnidad en ocasión de las fiestas y ceremonias religiosas. Aunque hablan del pasado más remoto, del origen del mundo, también tratan del presente, pues a través de ellas los indígenas explican y ordenan su mundo, definen las características que tienen ellos mismos y los otros pueblos con los que conviven, las de los animales y plantas y también las de los dioses.

Estos elementos de las cosmovisiones indígenas actuales tienen un claro origen en las cosmovisiones y religiones de los pueblos prehispánicos. El historiador Alfredo López Austin ha propuesto la existencia de una serie de elementos centrales en ellas que han sobrevivido desde hace milenios, a través de los inmensos cambios que han experimentado las sociedades indígenas; los denomina “núcleo duro”, por su constancia e importancia. El núcleo duro, sin embargo, no es una herencia muerta, ni una pieza de museo, sino una realidad que continúa porque sigue sirviendo para explicar el mundo y para articular a la sociedad con su medio ambiente13.

Por otro lado, las cosmovisiones indígenas han incorporado elementos de origen europeo y africano, adaptándolas a las nuevas realidades de la vida de los pueblos originarios. El día de hoy, por ejemplo, incorporan ideas, imágenes y símbolos tomados de los medios de comunicación.

Para las cosmovisiones indígenas la naturaleza no está realmente separada de la sociedad. Esto significa que lo que sucede en un ámbito tiene consecuencias en el otro: un conflicto social puede tener consecuencias en el resto del cosmos; cazar un animal salvaje sin el permiso del dueño del monte puede provocar un daño a las personas; hacer uso de las aguas de un manantial sin dar ofrendas y regalos a su dios puede provocar que aquél se seque.

Los pueblos indígenas conocen su medio ambiente, sus riquezas y sus debilidades de una manera profunda y son los primeros interesados en evitar su deterioro pues, para las comunidades su territorio es inseparable de su identidad y de su supervivencia; no es visto como un simple recurso que pueda ser explotado y utilizado. Esta íntima interrelación entre la naturaleza y la sociedad ha permitido, según afirman biólogos y antropólogos, que grupos indígenas desarrollen prácticas ecológicamente sustentables que permiten la supervivencia e incluso el enriquecimiento de ecosistemas frágiles, como la selva tropical, los bosques, los desiertos, las costas, etcétera14.

A partir de sus cosmovisiones y su conocimiento, los pueblos indígenas han desarrollado concepciones éticas particulares sobre cómo debe ser el comportamiento de hombres y mujeres en su relación con otras personas y con el cosmos. En general, estas reglas no son absolutas ni universalmente válidas, como tampoco lo son las normas de sus sistemas jurídicos, sino que se aplican en función de contextos particulares. Así, una persona que ocupa un cargo religioso importante y va a entrar en contacto con una divinidad, como el santo patrono de la comunidad, debe abstenerse de tener relaciones sexuales desde unos días antes; aunque, en otras circunstancias, no está impedido para ello. Igualmente, se considera necesario ingerir alcohol en ciertas festividades, pues aumenta el calor del cuerpo y evita que el contacto con las divinidades lo dañe. Sin embargo, en otro contexto el exceso de calor provocado por la furia puede ser muy peligroso para una persona y toda la comunidad.

En suma, la ética indígena busca el equilibrio dentro del individuo y entre él, su comunidad y el cosmos. Este equilibrio es cambiante y debe mantenerse por medio de constantes ajustes en las formas de comportarse, pero también por la fidelidad a los principios básicos de la ética y la vida comunitaria. Aquel que lo logre disfrutará de una vida tranquila, con el reconocimiento de su comunidad, y encontrará una muerte igualmente satisfactoria. Después se podrá incorporar al grupo de los antepasados que vigilan y cuidan a sus comunidades desde el mundo de los muertos15.

1 Arturo Warman, “Indios y naciones del indigenismo”, en Nexos, núm. 2, febrero 1978, pp. 3-6.

2 Federico Navarrete linares, Los pueblos indígenas de México, 1era edición, México, 2008, CDI 141 p., Pág. 8

3 Ibid.

4 Arturo Warman, Op. Cit,

5 Federico Navarrete linares Op. Cit, p. 19

6 Ibíd.

7 Lenguas indígenas en riesgo. Pápagos, 1era edición, México, 2006, CDI 43 p., Pág. 6

8 Federico Navarrete linares Op. Cit, p. 45

9 Ibíd.

10 Arturo Warman, Op. Cit,

11 Alfonso Caso, La comunidad indígena. México, Sep-setentas, 1971 Pág. 8

12 Ibíd.

13 Federico Navarrete linares Op. Cit, p. 81

14 Ibíd.

15 Arturo Warman, Op. Cit,