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domingo, 3 de enero de 2010

José Luis Velasco: El gran paisajista mexicano

Después de la Guerra de Independencia, la Academia sufrió graves problemas tanto administrativos como en su cuerpo docente, que no serían solventados sino hasta mediados de siglo. Es por esto que la primera parte del siglo XIX la constituyen obras de artista extranjeros que llegaron a México atraídos por su historia, naturaleza, arqueología, vida y costumbres y realizaron obras entre las que se encuentran pinturas, dibujos y publicaciones. Entre los pintores más importantes de esta época están los extranjeros Claudio Linati, Federico Waldeck, Daniel Thomas Egerton y Juan Mauricio Rugendas.

No fue sino hasta mediados del siglo XIX que se inició el arte propiamente mexicano de tendencia académica y romántica que prevalecería hasta el siglo XX. Los maestros europeos fundaron una escuela académica basada en el Clasicismo, estilo que gustaba mucho a la nación que empezaba su desarrollo. El maestro en pintura Pelegrín Clavé, tuvo como alumnos de esta escuela a Santiago Rebull y a Felipe Gutiérrez, entre otros.

Una de las formas de expresión pictórica más representativa e importante de este momento fue el paisaje, que encontró a su mejor intérprete en José Maria Velasco, quien le imprimió una esencia netamente mexicana.

En su obra, descubrió la vasta belleza del Valle de México que fue desarrollando cada vez más con mayor perfección. Sus paisajes son una verdadera meditación y se presentan como una visión poética en la que la profundidad y lontananza son casi inalcanzables, inabarcables. Aquí introduce con sutileza temas históricos que abarcan el pasado indígena, la historia colonial y el progreso moderno; síntesis con la que llega a convertirse en el artista representativo de la modernización mexicana, tomando como punto de referencia para su obra la confluencia de todos los factores que en ese momento constituían la cultura nacional.

También es considerado como uno de los primeros pintores modernos en México, por el espíritu progresista que lo caracterizó. Velasco, fue un paisajista por excelencia, en muchas ocasiones pintó el Valle de México, con esa atmósfera transparente que le era peculiar y su dimensión gigantesca que hacen a sus obras inconfundibles. En la época en que ingresó José María de Velasco a la Academia de San Carlos, el tema imperante de los pintores de México era la figura humana en sus distintas variantes: composiciones religiosas, mitológicas, históricas, etc. Haber dedicado la mayor parte de sus obras a la representación de la naturaleza, lo coloca como un innovador de la pintura y la ecología de su época.

Su sentido visual, su sensibilidad y sus conocimientos, le permitieron percibir más allá de lo que un ser normalmente dotado puede observar respecto a la forma, coloraciones y características del paisaje. Cuando Velasco inició formalmente sus estudios, sus trabajos fueron grandemente influidos por la técnica de Landesio, pero pronto, Velasco percibe el paisaje de México con sus ojos de mexicano apartándose poco a poco de las características académicas del arte que se hacía en la segundo mitad del siglo XIX, logra con personalidad propia y bien formada, crear obras maestras que le valieron su consagración tanto en América como en Europa.

Sus primeras obras están relacionas con arquitectura y paisajes con rocas, que le atrajeron sobremanera, algunos años después logra advertir la belleza del Valle de México con la presencia de los grandes volcanes de cumbres nevadas y en ellos enfoca gran parte de su labor creativa.

En 1875 terminó y exhibió "El Panorama del Valle de México", que causó sensación e hizo llorar de alegría a Landesio, quien afirmó "nada mejor se puede hacer después de esto".

El poeta José Martí escribió: "detengámonos y admiremos este naturalísimo paisaje...El valle de México es la belleza grandiosa; imponente como ella es el hermoso paisaje de Velasco".

Un año después el presidente Lerdo le otorgó una medalla de oro el 5 de febrero y visitó la exposición del Centenario de Filadelfia, en el cual su "Valle de México" fue presentado y recibió un premio; el artista, al firmar algunas obras, agregó la palabra: Mexicano, para que su Espíritu Sereno y Amoroso Representara un Sincero Orgullo a su Patria.

domingo, 20 de diciembre de 2009

Pintura de historia e imaginario nacional: El pasado en imágenes


Durante todo este tiempo pintura de historia ha ocultado su importancia, al ser el constructor de un imaginario nacional, capaz de hacer de la nación la forma básica de identidad colectiva del mundo contemporáneo, además de reconstruir los mecanismos de las que se sirvieron los nacientes estados nacionales para hacer de éste género pictórico un importante agente de nacionalización de lo imaginario.

Por lo tanto, la pintura de historia es producto de un siglo, el XIX, que había iniciado su paso estético con el intento hegeliano de dividir la historia del arte en tres grandes épocas: simbólica, clásica y romántica, de las que esta última estaría definida por el triunfo de la idea y de la pintura. Hay que tener en cuenta que son estos principios que determinan algunos rasgos formales característicos, y sobre los que volverán los críticos al juzgar las obras expuestas, es decir, la necesidad de verosimilitud, claridad de lectura y dramatismo compositivo. En otras palabras, lo que se pide a la pintura de historia es que se represente el pasado como un relato verdadero, verosímil, capaz de atraer la atención del espectador y atraparle en su argumento.

La pintura de historia es un discurso, pero no cualquier tipo de discurso, sino uno público. El objetivo último de los cuadros de historia decimonónicos era que los adquiriera el Estado para ser expuestos en algún museo o adornar las salas o pasillos de los edificios oficiales, donde los veían y leían un gran número de personas. Ya desde su propia concepción material es una pintura de carácter cívico, abocada a la exposición pública y alejada de cualquier incitación de privacidad, en la mayoría de los casos, el tamaño de los cuadros hacía imposible que los compraran clientes particulares.

Por otra parte, durante toda la época moderna, existió un cambio radical en el concepto de pintura de historia. Progresivamente las historias nacionales desplazaron a la historia sagrada como fuente de inspiración de los pintores. Por esto, la pintura de historia representa el triunfo de una nueva sensibilidad, de un nacionalismo fervoroso y su éxito, en detrimento de la pintura religiosa. El gusto del público acabó por decantarse del lado de los cuadros de historia laica, vistos como cuadros con ideas, frente a otros géneros que, bien no las tenían, caso de los de costumbres, retratos o paisajes, o bien sus ideas no respondían a las necesidades de la nueva sensibilidad, como la pintura de historia religiosa. Gracias a esto el Estado pudo utilizar la pintura de historia como un sistema de coerción ideológica que le permitirá crear consenso social en torno a la existencia de una nación que legitima el ejercicio del poder estatal sobre el conjunto del territorio nacional.